De Scilingo y Balza a Calcaterra y Roggio

Autor: Demetrio Iramain

¿Qué garantía de objetividad pueden dar empresarios que se autoinculpan y confiesan haber aceptado pagar sobornos a funcionarios a cambio de cerrar un negocio con el Estado? Si alguna vez habrían cedido las presiones políticas, movidos entonces por el interés comercial, ¿quién puede asegurar que esta vez no consientan los aprietes de un juez y un fiscal notablemente alineados con el gobierno, que les ofrecen canjear libertad ambulatoria por una determinada declaración en sede judicial?

“No hay sortijas para todos”, les dijo impúdicamente Stornelli a los empresarios convenientemente anotados en las fotocopias del chofer, para promocionar las bondades del arrepentimiento, y sugerirles la urgencia de aceptarlo. ¿Y los que no sacan sortija, qué? ¿Serán menos iguales ante la ley?

¿De verdad nos quieren hacer creer que estos empresarios arrepentidos constituyen la reserva moral de la Argentina? Si parte del problema estructural de la Patria es su incapacidad intrínseca, evidenciada desde 1810, por contar con una burguesía con conciencia nacional, que se interese por el desarrollo del país y no sólo por sus cuentas en paraísos fiscales, ¿vos creés que esa burguesía que va a engrandecer la Nación la encarna Aldo Roggio?

En la Argentina de hoy, declarar contra el gobierno anterior y no ir preso sale gratis. Hasta José López está a un paso de convertirse en una víctima, tratada con indulgencia en Animales Sueltos. Los medios de comunicación condonan de antemano lo que en unos años archivará el Poder Judicial, por falta de pruebas. El objetivo de este circo es político, no jurídico. La necesidad es ahora, no según los tiempos judiciales.

Hoy en La Nación, Carlos Pagni escribió que “hay empresarios que quisieron arrepentirse y no tenían materia prima para llevarle al fiscal Stornelli y al juez Bonadio, entonces tuvieron que confesar otros negocios de otros rubros”. Fin de la cita.

¿Cuál será el beneficio que obtendrán los empresarios como para llegar al extremo de arrepentirse de hechos que no están judicializados? Qué grande ha de ser el premio, ¿no? Qué generoso el pagador. ¿Sabés cómo se llama el delito por el cual se obliga a una persona, a través de la utilización de violencia o intimidación, a entregar, enviar, depositar o poner a su disposición o a la de un tercero, cosas, dinero o documentos que produzcan efectos jurídicos? Extorsión, se llama. Y tiene pena de prisión. Ser juez o fiscal y cometer ese delito, agrava su pena. Ellos son, se supone, quienes deben reprimirlo… Pero estamos en la Argentina macrista. 

Extraño país el nuestro, en el que las investigaciones judiciales, en vez de buscar pruebas que las aclaren, las reciben del cielo; y son las “pruebas” (los arrepentimientos, en rigor, no lo son, pero… ponele), las que buscan alegremente una investigación. Y lo que es aún más curioso: siempre encuentran al mismo juez que la instruye: ¡¡Bonadio!!

El esquema reproduce otro aplicado en la Argentina a partir de 1995: los “Juicios de la Verdad”.

Juicios de la Verdad

Me explico: en el país de la impunidad para los genocidas, el menemismo que consagró el perdón y olvido cubrió por izquierda su condescendencia punitiva inventando unos “juicios” sin posibilidad de condena, en los que a los acusados se los premiaba con la libertad y el desprocesamiento si aceptaban confesar crímenes y torturas, inclusive sin necesidad de arrepentirse por ellos. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, todavía en vigencia, impedían el juzgamiento.

La ley del arrepentido que promovió el macrismo en 2016 y de la que tanto se abusa hoy, no es un invento de Garavano, y tiene este nefasto antecedente.

Con los empresarios que se autoinculpan para hacerle el favor a Bonadio y Stornelli, y hacer coincidir sus declaraciones con las fotocopias de los cuadernos que no existen, sucede igual que con aquellos Juicios por la Verdad.

Wagner es como Scilingo; Calcaterra, Balza. ¿Es que no te dista cuenta todavía?

A propósito, las únicas que tuvieron lucidez para no aceptar los Juicios de la Verdad, fueron las Madres de Plaza de Mayo. Decían que era una burla. El genocida venía, se sentaba, decía a cuántos había picaneado y cómo, y se iba a su casa, libre de toda culpa. ¡Y algunos decían que había que agradecerle por su aporte a la verdad! ¿Cuál “verdad” que no se conociera desde los años de la dictadura?

Como en 1985, cuando se las Madres se opusieron a la CONADEP, trataron entonces a Hebe de “loca”, “sectaria”, “ultra”, y bla bla bla. Pero tenía razón. Había que seguir luchando, no conformarse. El proceso de juzgamiento de los asesinos cívico-militares y de reivindicación política de los desaparecidos, que inició Néstor Kirchner, fue, sin duda, producto de esa intransigencia.

No repitamos nuevamente el error. Menem logró un poco de consenso con ese verso, y prolongó su legitimidad lo suficiente. Escuchémoslas cuando las Madres nos dicen que la consigna no es “NUNCA MÁS”, sino, en todo caso, “¡NI UN PASO ATRÁS!”. No en vano llevan 41 años en la calle.

Parecen detalles pero no lo son. Hay mucha lucha detrás, que los explican.

Por lo demás, ¡Fuerza, Cristina!